España se prepara para una nueva regularización de personas migrantes en situación irregular. El Gobierno está tramitando un real decreto que permitirá a miles de personas acceder a permisos de residencia y trabajo, en un intento de adaptar la normativa a una realidad que ya existe en la calle. Se trata de personas que viven, trabajan y forman parte de la sociedad, pero sin papeles.

Para entender esta medida, hay que empezar por el contexto. España ha cambiado mucho en las últimas décadas. Si en los años ochenta apenas había población extranjera, en torno al uno por ciento, hoy supera el catorce por ciento del total . El país ha pasado de ser un lugar del que se emigraba a convertirse en destino para quienes buscan oportunidades o estabilidad. Este cambio ha obligado a revisar periódicamente las reglas del sistema.

El nuevo decreto no es exactamente una amnistía general, pero sí abre dos vías importantes de regularización. La primera está pensada para personas que han solicitado asilo y llevan tiempo en España sin que su situación se haya resuelto. La segunda crea una figura nueva, el llamado arraigo extraordinario, que permitirá regularizar a quienes acrediten vínculos con el país, ya sea haber trabajado, tener familia en España o encontrarse en una situación vulnerable .

Una de las novedades más relevantes es que, desde que se presenta la solicitud, la persona podrá trabajar de forma provisional mientras se resuelve el expediente. Esto busca evitar situaciones muy habituales hasta ahora. Muchas personas ya estaban integradas en la sociedad, pero sin posibilidad legal de trabajar, lo que las empujaba a la economía sumergida.

El Gobierno defiende la medida no solo por razones sociales, sino también económicas. Regularizar implica que más personas cotizan, pagan impuestos y contribuyen al sistema. En un país con una población cada vez más envejecida, esto resulta especialmente importante. Además, permite ordenar el mercado laboral y reducir abusos, como el empleo sin contrato o en condiciones precarias.

Sin embargo, esta no es la primera vez que España recurre a una regularización. Forma parte de su historia reciente. Desde la llegada de la democracia en 1978, se han llevado a cabo varios procesos similares.

La primera gran regularización tuvo lugar en 1985, con la aprobación de la primera Ley de Extranjería. En aquel momento, España apenas tenía experiencia en la gestión de la inmigración y la medida sirvió para reconocer una realidad que ya existía.

Más adelante, se produjeron nuevos procesos en 1991 y 1996, en un contexto de crecimiento económico que atraía mano de obra extranjera. En el año 2000 hubo otra regularización importante, aunque la más conocida es la de 2005. En ese momento, más de medio millón de personas obtuvieron autorización de residencia y trabajo. Fue un proceso que marcó un antes y un después en la política migratoria española.

Aquella regularización se basaba en un criterio claro, demostrar que se tenía un empleo. Aunque generó debate, también permitió aflorar una parte importante de la economía sumergida y mejorar las condiciones laborales de muchas personas. Desde entonces, España ha intentado evitar regularizaciones de gran escala y ha apostado por mecanismos más progresivos, como las distintas modalidades de arraigo, que permiten regularizar situaciones individuales en función del grado de integración. Sin embargo, estos instrumentos no siempre han sido suficientes para resolver todos los casos.

El nuevo decreto intenta responder a esa acumulación de situaciones pendientes. No se trata de una regularización masiva en el sentido clásico, pero sí de una medida amplia que busca dar respuesta a una realidad social consolidada. Su diseño es más específico y técnico, adaptado a un contexto migratorio más complejo.

Además, llega en un momento en el que la migración ocupa un lugar central en el debate europeo. Los conflictos internacionales, la inestabilidad política y el cambio climático están aumentando los desplazamientos de población. En este escenario, España trata de combinar el control de los flujos con la necesidad de ofrecer vías legales a quienes ya se encuentran en el país.

En definitiva, esta nueva regularización refleja una constante en la historia reciente. La normativa suele ir por detrás de la realidad social. Cuando muchas personas viven al margen del sistema, se hace necesario buscar mecanismos para integrarlas. La cuestión no es si se hace, sino cómo se articula esa integración. Queda por ver cuántas personas podrán beneficiarse de la medida y cómo se aplicará en la práctica, hablan de oficinas físicas, pero la realidad es que no hay suficiente personal habilitado. En cualquier caso, es un nuevo capítulo en la evolución de la política migratoria en España.

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